EL PODER DE LA PALABRA (I)

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LA EFICACIA DE LA PALABRA (I)

 

Saber y hacer. Dos verbos fundamentales de nuestra práctica. Saber porque es lo que, esencialmente, se producirá en un análisis y porque será el saber el medio capaz de la cura. Saber, en el sentido, al menos de la represión, el “no querer saber es de lo qué se trata en el sentido de lo reprimido”, y esto produce síntoma, al mismo tiempo que será el saber producido a partir de los fundamentos dormidos en el Inconsciente, lo que verá la luz y lo que permitirá cancelar el síntoma.     PRIMERO EL SABER   LUEGO LA CURA   LA CURA VIENE POR AÑADIDURA.     Y ese saber es un saber de palabras, un saber de palabras plenas,  un saber de significantes.   Pero nosotros no vamos a confundir el saber del conocimiento.   Conocer implica el estudio, los libros, el pensamiento, la reflexión, las ideas. Saber es  otra cosa, cuando de ello hablamos en Psicoanálisis.   El saber no se produce a voluntad: se produce por disposición deseante y para ello cuenta, sin duda cuenta el dispositivo analítico.   La palabra desde la más remota antigüedad fue un método de cura, pero, no es cualquier palabra: es una palabra que tiene valor de verdad. Aunque  no todos, nos atrevemos con la verdad de las palabras. La palabra infunde temor en tanto su posible valor de verdad.   Y  ¿cómo querer saber de esa verdad? Toda una parafernalia de hojarasca en la historia de la humanidad se ha puesto al servicio de la ocultación.   Hojarasca… en tanto cantidades inconmensurables de hojas de parra - ¿por qué parra? – para tapar la verdad de los cuerpos sexuados.   Y, ¿por qué ese afán, esa pasión, por ocultar penes y vaginas y no dedos o manos? Porque evidentemente, dedos, manos o pies no son partes del cuerpo tan lábiles a sensaciones placientes. Pene y vagina  y senos fueron marcados por la maldición de la libido. Órganos, partes del cuerpo, susceptibles de sensaciones placientes – que nos enseñaron a vivir con culpa por el placer mismo. Ahora bien, ¿por qué tanta contrariedad, tanta inquina contra el placer?   Porque ligados al placer los humanos no producen y el aparato debe funcionar,  podéis leer a Hegel  su “Dialéctica del Amo y el esclavo”,  porque los amos necesitan esclavos. Amos hay pocos; esclavos millones. La condena bíblica lo anticipa: dolor – en tanto parir,  trabajo – en tanto ganar el sustento con sudor. Y se invento una falta, un pecado, para generar la culpa concomitante: en función de ello no más placer, sobre todo, no más placer sexual.   EL PLACER ENEMIGO DEL PODER DE LOS AMOS.   Se perdió el paraíso mítico; y nacieron las leyes que regulan lo que se debe y lo que no se debe. Y si algo no se debe es habitar perennemente en el placer, porque de ese modo no hay producción.   Ahora bien, para producir saber – en tanto nuestro trabajo de analistas -, ¿es necesario tener conocimientos? Sin duda; pero, por otra parte no estamos obligados a conocer todo ni de todo.   Por un lado el analista debe estar formado e informado en el conocimiento, y por otro saber que ciertas preguntas de conocimiento son válidas en un análisis.   Aunque el preguntar tiene un límite: es el límite que diferencia entre Real y realidad. Por ejemplo, si hay un incidente en la calle del consultorio, en la puerta del edifico, en el edificio mismo, del cual, obviamente, el paciente estaría enterado pero no hace mención alguna de ello, es absolutamente improcedente incorporarlo nosotros a su decir, porque se trata de nuestra inquietud y no hace realidad discursiva para él, pertenece a un Real que no ha sido incorporado a su realidad psíquica.       EL LÍMITE DE LA PREGUNTA DEL ANALISTA ES LA DIFERENCIA ENTRE REAL Y REALIDAD.       Contrario fue el caso de un analista que sufrió un accidente mutilatorio, a todas luces evidente en su esquema corporal. Antes que el paciente preguntase, él relataba con lujo de detalles como y que le había ocurrido. Ello se llama suturar el decir; imponemos nuestra realidad y nuestra preocupación a lo que debe ser indubitablemente de la mayor importancia y relevancia – única – que es la realidad psíquica del paciente.   Somos personas comunes que trabajamos como analistas, y si bien la persona  está excluida – o debe estarlo – para poder ocupar el buen lugar, no dejamos de ser personas; lo somos y no debemos, incluso dejar de serlo, salvo para hacer la ficción de ocupar el lugar del objeto de goce. Si dejáramos de ser personas, correríamos el gravísimo riesgo de encarnar ese objeto de goce.   ¿A partir de qué momento, desde el minuto inicial en que recibimos a quien solo nos ha pedido una entrevista, estamos ocupando el lugar de analista?   Nuestra persona también cuenta para el paciente: no es lo mismo si nos presentamos amable y cordial, si somos una máscara de frialdad y consecuente rechazo, si no decimos absolutamente nada esperando que el otro – atravesado por el síntoma y la angustia – sepa de que se trata en su, quizás, primera vez que va a un consultorio psicoanalítico.       LA ORTODOXIA EXTREMA ES EL ANTÍDOTO PARA LA INSEGURIDAD Y LA DUDA.   Freud con la honestidad intelectual que lo caracteriza lo dice claramente: “Ahora empezamos a comprender el “ensalmo” de la palabra. Las palabras son, sin duda, los principales mediadores del influjo que un hombre pretende ejercer sobre los otros; las palabras son buenos medios para provocar alteraciones anímicas en aquel a quien van dirigidas.           LA PALABRA ES UN MEDIO DE INFLUENCIA.   En la etapa más técnica de sus desarrollos – cuando ya está en pleno el empleo de la transferencia – Freud inculca la idea de ‘rapport’, que implica la buena relación humana con el paciente. El análisis, entonces, no debe ser una práctica deshumanizada. EL ANÁLISIS ES UNA DISCIPLINA PROFUNDAMENTE HUMANA DONDE TAMBIÉN CUENTA LA BUENA RELACIÓN ENTRE AMBOS PARTENAIRES.   Es en la primera de la serie de conferencias de Introducción al Psicoanálisis – en 1915 – donde Freud hace lo que damos en llamar, “El elogio de la palabra”:   “Las palabras fueron originariamente ensalmos, y la palabra conserva todavía hoy mucho de su antiguo poder ensalmador. Mediante palabras puede un hombre hacer dichoso a otro o empujarlo a la desesperación, mediante palabras el maestro  transmite su saber a los discípulos, mediante palabras el orador arrebata a la asamblea y determina sus juicios y sus resoluciones. Palabras despiertan sentimientos y son el medio universal con que los hombres influyen unos a otros.”   Debemos tener prudencia con el valor de la palabra, con su valor de ensalmo, para no caer en una trampa animista con relación al Psicoanálisis y suponer – que habida cuenta de todos los elementos que tenemos hoy día – todo se puede curar con palabras. Todos los extremos son profundamente negativos y tan extremo es quien desdeña el Psicoanálisis como quien desdeña un antibiótico. Eso es fundamentalismo y no sirve para nada ni hace bien a nadie.   EL PSICOANÁLISIS  ESTA LEJOS DE SER LA PANACEA UNIVERSAL.   La palabra también tiene límites; pero la farmacopea y la cirugía tienen fronteras. Es honesto y de buena disposición conocer, reconocer y aceptar los límites de cada disciplina e interactuar sin prejuicios y sin “narcisismo de pequeñas diferencias”. Sobre todo, sin hacer del paciente un instrumento de nuestro poder.   La palabra como instrumento adecuado, ¿para qué?; no para modificar el mundo exterior, sino por el contrario, para lograr alguna modificación en el universo de cada cual, en su mayor interioridad, como se dice, en su fuero mas intimo.   Entonces, ¿por qué la eficacia de la palabra? Porque en el Inconsciente hay palabras, en las historias hay palabras, somos seres de palabras, constituidos por palabras y es en función de esas palabras que se puede operar con otras palabras.       LA EFICACIA DE LA PALABRA SE DEBE, PRECISAMENTE, A QUE SOMOS SERES DE PALABRAS, pero también hay imágenes, escenas... De acuerdo, pero nada se puede hacer con esas imágenes y escenas sino se las pasa por el tamiz de las palabras.   Simbolizar lo simbolizable, habida cuenta que ese “simbolizable” tiene un límite. Pero no desesperemos: ese límite no es fijo se corre y nos permite operar.   Si en el Inconsciente hay representaciones de cosas, solo accedemos a ellas a través del Preconsciente donde se “bañan” con representaciones de palabras.   A la palabra por la palabra. Si  las palabras han tenido y tienen tanto poder como para configurar historias, reescribamos las historias – no otra cosa es un análisis – en virtud de esas palabras y de las otras por venir.                

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