NADA ES IMPOSIBLE

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  IMPOSSIBLE IS NOTHING  -RIEN N’EST IMPOSSIBLE-                                                                                                                                                       Cuando Marie-Noëlle Gaudé me envió los resumenes de las comunicaciones, me quedé atrapado con la frase: “nuestra visión del mundo está saturada de imágenes, las cuales capturan nuestro imaginario y como el psicodrama puede venir a dar la posibilidad de abrir otra dimensión.”   Entones estaba yo leyendo una entrevista del psicoanalista Hilario Cid, allí él contaba que en los tiempos que corren se sufre más, aunque ahora a las personas les falten menos cosas materiales que hace décadas.                                                               Recordé que en España los pacientes hablan de un malestar muy concreto, de cómo se habian dejado engañar por los mensajes-imágenes de un Otro que les prometía el paraiso. “Nos hicieron creen que se podía tener todo: una gran casa, un gran coche, unos grandes viajes”, había un mensaje: “impossible is nothing”;  en un intento por borrar el des-ser, los  ideales fueron sustituidos por los objetos de consumo. Un gran Otro, la sociedad, pretendió paliar, mitigar, engañar y borrar el sufrimiento con objetos de consumo y finalmente, como estaba previsto, fue un fracaso.                                                                                                                                                                             Un gran Otro así genera más gente que sufre porque hay una caída de ideales y de valores que provoca una desorientación en el sujeto. ¿Quién ocupa el lugar de función paterna? ¿Quién transmite a los jóvenes lo que tendrían que hacer con la vida, con el trabajo? Aquello que antes servía para decirle al niño qué podía hacer en su vida, para transmitir unos valores, eso ha sido suplido por la t.v. y las redes sociales. Quien educa al niño es el televisor, ya no está el abuelo contando sus batallitas.   En una sociedad así, donde el Otro es un impostor, uno siente que está siempre al lado del abismo y eso genera inquietud, inseguridad y ansiedad.   En realidad el discurso capitalista, desampara al individuo de la imposibilidad de rescatarse, de cuestionarse en su particularidad y de jugar la contingencia de los vínculos y el amor, en una comunidad siempre a la espera.   Si alguien me preguntase, cuál es la fórmula de la felicidad, yo le diría que no hay fórmula, es más le diría que tal vez de lo que se trata es de hacer más visible las propias insatisfacciones. Nosotros buscamos las causas de la insatisfacción y la forma de aprender a manejarse con ella. La fórmula y las soluciones son de cada uno. Cada uno tiene su camino particular, lo que nosotros llamamos “subjetivizar”; ¿acaso no es ese el objetivo del psicodrama freudiano?   El deseo por definición es insatisfacción y al mismo tiempo el motor que nos mueve, porque se desea lo que a uno le falta y el problema del ser humano es que lo que encuentra no se corresponde con la falta que ha causado el deseo. El deseo vuelve utópica a la felicidad, pero la hace ir hacia adelante, siempre buscando. Por eso es importante que las metas estén dentro de lo posible y por lo tanto que sí haya un imposible.   La felicidad ideal, como objetivo de la vida que se lograría consumiendo atractivos objetos del mercado resulta un engaño infantil, siempre en busca del paraiso terrenal.   Freud nos enseñó que el narcisismo es un polo de atracción al que el yo no podrá renunciar y al que no cesará de someterse a pesar de cargar libidinalmente  a los objetos. “La investidura libidinal del yo es cedida después a los objetos, pero ella siempre persiste…” ¿Cómo? Freud nos dice que “la líbido retirada de las catexias objetales, en la neurosis, va a retornar a los objetos vía la fantasía”   Lacan, por su parte, tomará este momento del desarrollo para conceptualizar la teoría del Estadio del Espejo. El espejo le devuelve al yo una imagen de completud, a la que se identifica.   En este planteamiento hay una particularidad; el yo se adecua al modelo del otro, ya que es el otro quien le transmite la imagen.   El yo pues, se constituye a partir de una alienación y del investimiento de un mundo fantasmático.   Pienso que nosotros, desde nuestro dispositivo psicodramático, debemos alimentar la instancia simbólica que venga a paliar en el devenir del sujeto la discordancia que va a encontrar entre las imágenes, ahora reflejadas en la publicidad que los médios nos devuelven, con el objetivo de vender la imagen de completud, la idea de impossible is nothing y la insatisfacción estructural como sujeto deseante.   Como vemos nos topamos con un límite confuso entre la realidad y lo imaginario y que se clarifica en nuestro dispositivo, un dispositivo que delimita los bordes; en el juego, en las elecciones del yo auxiliar, en las observaciones del coterapeuta; lugares donde se va a diferenciar lo que es y lo que no es del yo; para lo que debe advenir lo subjetivo; ya que como sabemos el conjunto de la vida fantasmática y su relación con la realidad estará sujeto al efecto de la función simbólica sobre el sujeto y por lo tanto sobre el yo.   Yo pienso que nosotros tenemos que transmitir que la experiencia de vivir implica lo incalculable, los actos y sus consecuencias imposibles de preveer. Una experiencia siempre implica que algo falla, tanto del lado del sujeto como del lado del Otro y que como decía Freud, el malestar forma parte de la civilización.   Contrariamente a la promoción de lo imaginario y al “nada es imposible”, propio de la época actual, el psicodrama de orientación lacaniana propone incluir el “vamos”. Vivir una experiencia psicodramática es dejarse tomar por el deseo que ahí despierta, escuchar las verdades que surgen de algún lugar inesperado, escribir lo que nunca estuvo, resulta una experiencia que genera y estimula una relación más digna y vivificante con el deseo, con el amor y con el goce.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                       Juan le cuenta al grupo su primer contacto con la angustia; él se dirigía a encontrarse con una cita a ciegas. Juan no llegó a la cita, diciendose para sí que tenía miedo a “no dar la talla”. Internet le dio la solución, y se llamaba: viagra, la píldora de la felicidad. Pero un tiempo después, la impotencia continuaba siendo su agujero oscuro donde Juan se veía atrapado constantemente. Ya Freud en el texto "Sobre una degradación general de la vida erótica" nos apuntaba que la impotencia psíquica es la enfermedad para cuyo remedio se acude a la consulta del psicoanalista con más frecuencia. No existe persona alguna que no haya atravesado por un momento de impotencia o frigidez. Esto nos ha de llevar a considerar que cuando hablamos de impotencia no debemos pensar todo el tiempo en un pene erecto o flácido, sino en situaciones diversas en las cuales el sujeto, masculino o femenino, no alcanza el éxito cuando éste es esperado. Al representarse la escena, en la que, Juan, anda por la calle a encontrarse con esa mujer y empieza a encontrarse mal, donde la pauta a seguir en la representación era decir en voz alta todos sus pensamientos, al estilo del soliloquio, surge un nuevo dato, en el recorrido había pasado por una tienda de deportes, una tienda de Adidas. ¿Por qué trae Juan este detalle? Juan se retrotrae a otra escena más infantil: Todos sus amigos del colegio llevaban ropa de marca, menos él ya que sus padres no podían comprársela. Se juega una escena de juegos en el patio del colegio; se destaca el motivo de las elecciones de los yo-auxiliares: “por ser hijos de…médicos, abogados, arquitectos…” Juan habla de sus antepasados, de sus raíces familiares, de cómo su padre le recordaba que “nunca debía olvidar de donde venía”; y él venía de una familia humilde. Pero entonces Juan se pregunta: ¿Qué escapatoria tengo? ¿De dónde o de quien quieres escapar?, le pregunta el animador. Un día, nos cuenta Juan, me compraron unas adidas, de esas que tenían tres rayitas a los lados; estaban de rebaja y no se podían devolver, la cosa es que me venían pequeñas y como yo me las ponía todos los días, me hice heridas. Juan, entre lloros dice: “siempre empeñándome en lo que no puede ser”. Me venden una imagen que no es la mía y yo me empeño en atraparla. El director del banco, me convenció para que pidiese el préstamo; “con ese dinero podrás comprarte el coche y la casa”, me dijo, y yo me lo creí. El animador le vuelve a preguntar: ¿De dónde o de quién quieres escapar? De perseguir imposibles, de hacerme castillos en el aire, de intentar ser el que no soy; tengo que reconocer a mis padres. Ellos son buena gente y yo me empeño en no verlos. Ahí está mi impotencia. Siempre he pensado que no se me iba a poder querer por mí mismo.  ¿Por qué me llevaron a un colegio para niños ricos, si nosotros no lo éramos? Mientras mi madre intentaba ser quien no era, mi padre me decía “no te olvides quien eres y de dónde vienes”. La Madre Fálica, es la madre de la plenitud ideal, completud total para ambos miembros de la célula primordial. Justamente a ella debe el sujeto renunciar, pero en su inconsciente eso no termina nunca. El sujeto a lo largo de su  historia hace tentativas de ruptura, pero son intentos fallidos de volverse a colgar de los brazos de su madre y de reiniciar esa historia de amor. La estructura de la omnipotencia no está en el sujeto, sino en la madre, en el Otro primitivo. Quien es omnipotente es el Otro. Pero tras esta omnipotencia, se encuentra la falta última de la que se halla suspendida su potencia. La duda, la pregunta, el cuestionamiento, dejan su lugar a los objetos de consumo. El "no pienso" tan común hoy en día, evoca a ese Otro que lanza objetos (para taponar la falta) y al sujeto que se lanza  sobre ellos (para intentar "ser completo"). Buscando el goce, el deseo desaparece. Así, la publicidad, la literatura "light" o de "autoayuda", los objetos actuales de fácil digestión y que invitan a un no pensar contribuyen a que las preguntas y las verdades de cada uno queden olvidadas. Sabemos que el reconocimiento está basado en la imagen, imagen que funciona, aunque fugaz, de espejo de cada uno, identificación imaginaria que  hace hablar en un intento abusivo de ser reconocido por el espejo: intento que en psicodrama será sancionado por la mirada del terapeuta y de los testigos que forman terceros. Se rompe así la relación con la imagen mimética y también se frustra la satisfacción de saberse mirado. Hay ruptura con la buena imagen, con la buena forma, desmoramiento del yo ideal, en definitiva desidentificación. La angustia, tan temida, es la brújula que nos indica un lugar, unas coordenadas. Las del vacío, las de la falta, también del deseo. En el psicodrama se intenta, no solo mediante palabras, bordear y contornear ese vacío para poder crear a partir de él y poder hacer un ser con la nada. Al salir de la sesión y ya fuera del encuadre psicodramático, Juan comenta: “la próxima vez que me compre unas adidas procuraré que sean de mi talla”.

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