El empeño de comprender

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EL EMPEÑO DE COMPRENDER.  LOS PRELIMINARES E. Cortés

15 de Marzo; el seminario errante, como ya habíamos previsto, empieza a caminar con el simple, o no, deseo de echar a andar. Caminata a la que estáis invitados. Como ya apuntamos en la introducción, tenemos dos maneras de participar en la caminata, más allá de su simple lectura: mandar un escrito, vuestro, que termine con una recomendación de lectura para los que quieran profundizar y/u opinar sobre lo ya escrito. “Buen camino”.

Recuerdo mi primer paciente, se llamaba Ricardo; desde el día en que le di la cita por teléfono hasta el día en que lo recibí por primera vez, no paré de preguntarme cómo debía recibirlo; “puedo decirle: bienvenido”, o tal vez “¿Cómo está?”, o simplemente llamarle por su nombre… me decía una y otra vez.

“El que viene a vernos, como analistas, no es un sujeto; es alguien a quien le gustaría ser un paciente” (J. A. Miller).

Y es que de entrada tenemos que tener claro que hay una diferencia entre el paciente psiquiátrico o simplemente el paciente de otros terapeutas, y el paciente del psicoanálisis. La pregunta que nos suscita este empezar es “¿qué se requiere para que la persona que vino a vernos, con la intención de ser un paciente, sea un paciente para nosotros, en tanto que psicoanalistas?

La respuesta debería ser: “que sea un sujeto”.

Y para ello tenemos las entrevistas preliminares. Las entrevistas preliminares, como intentaremos ver, tienen varios objetivos y uno de ellos es “transformar” al paciente en sujeto; otro de los objetivos será el diagnóstico, que en tanto que psicoanalítico tendrá que ver con la posición que esa persona adopte como sujeto, su posición subjetiva.

Entonces en las entrevistas preliminares hay cierta conducción por parte del analista, la supuesta neutralidad vendrá después.

Si pensamos en el diagnostico, hay ciertas preguntas que el analista debe responderse ¿se trata de una neurosis? ¿Se trata de una psicosis? ¿O se trata de una perversión?; con lo cual, a veces, el tiempo de las entrevistas preliminares se puede alargar.

Esta cuestión es fundamental, sobre todo si nos planteamos si un paciente es psicótico y la psicosis no está desencadenada, sabiendo que el análisis la puede desencadenar. Nosotros intentamos buscar los fenómenos elementales. Estos son fenómenos psicóticos que pueden existir antes del brote psicótico, debemos investigar en esa dirección, son fenómenos que aunque no existan en la actualidad pueden haber existido en el pasado y estar en el recuerdo.

Los elementos elementales son:

1.- Automatismo mental.- irrupción de voces. Puede estar presente silenciosamente durante años con apenas algunas irrupciones.

2.-Fenómenos que conciernen al cuerpo.- descomposición, despedazamiento, de separación, de extrañeza, con relación al propio cuerpo. También distorsión temporal, de percepción del tiempo o espacial.

3.-Fenómenos que conciernen al sentido y a la verdad y que no son abstracciones. Por ejemplo experiencias inexpresables o de certeza absoluta¸ en relación a la identidad o a la hostilidad de un extraño. En definitiva cuando el paciente nos dice que puede leer signos que le están destinados a él.

También es conveniente saber que no siempre nos encontramos con diagnósticos claros, podemos tropezarnos a nivel de los fenómenos corporales, por ejemplo, con histerias en donde hay un cierto sentimiento del cuerpo como otro, también en el nivel mental y debido a la empatía histérica, se puede confundir la relación con el deseo del Otro con cierto automatismo mental e incluso tomar prestados síntomas psicóticos cuando hay un psicótico cerca. También encontrarnos alucinaciones en la histeria, aunque nada tiene que ver con las alucinaciones psicóticas. Por otro lado en la obsesión, encontramos a veces ciertas paranoias y estados de pánico que nos pueden confundir. En la perversión no nos bastará con saber de su vida sexual, podríamos confundir la perversión con rasgos perversos.

Nosotros, sabemos que el diagnóstico no puede estar separado de la localización subjetiva, “que introduce, en la propia práctica analítica, la necesidad de considerar como operador práctico la categoría lingüística de la enunciación”. Esta es una buena guía.

Como decíamos al comienzo, en un principio tenemos un paciente que llega haciendo una demanda de autoevaluación de sus síntomas y pide el aval al analista, que este le confirme… en cambio el analista se va a colocar en el lugar de la ignorancia “docta”, la ignorancia de alguien que sabe cosas pero que también ignora otras, lo que posibilita  que un saber nuevo puede venir. Esa ignorancia docta, si queremos lo podemos llamar sujeto supuesto saber, es la que dice o da a entender que no sabemos lo que quiere decir el paciente, pero que suponemos que quiere decir otra cosa.

Entonces, de lo que se trata es de ver como el paciente se sitúa frente a su dicho, la posición que asume frente a su conducta. En ese sentido es que no verificamos los hechos para certificarlos. Tampoco nos importa cómo va vestido, o cómo se mueve, lo que nos importa es lo que nos dice en relación a esas conductas. Pero pasar del hecho al dicho no es suficiente. El paso siguiente es cuestionar la posición que toma en relación a sus propios dichos. “Lo esencial es, a partir de los dichos, localizar el decir del sujeto…”, “la relación que aquel que enuncia toma con relación al enunciado”.

Y para ello es fundamental un cierto aire de estupidez por parte del analista, para que el enunciado no sea un enunciado “cerrado”, si el analista es muy sabelotodo entonces no da lugar a que el paciente se sitúe como sujeto; no hay lugar a la duda, al cuestionamiento; y el deseo necesita un cierto lugar oscuro, cierto sentimiento de que el otro no lo percibe todo. Tenemos que permitir al sujeto ciertos engaños, no ir a buscar rápidamente la verdad, decirle “eso no es así” obtura el dicho.

Lo contrario es introducir al sujeto en el inconsciente.

Para los neuróticos decir la verdad es todo un sufrimiento.

Podemos ver, que de lo que se trata es de distinguir entre el dicho y la posición en relación al dicho, y esta posición es el propio sujeto. O si queremos lo podemos decir de la siguiente manera; de lo que se trata es de ver la relación del neurótico con el deseo, aceptando que el neurótico no puede aceptar el deseo sin negarlo.

Poe ejemplo: ante un dicho, el analista puede preguntar: “¿Tú crees eso?, entonces el sujeto responde “Sí, lo creo” o “Estoy seguro de eso”, o “Fulano me lo dijo”. Cualquiera de estos dichos se inscribe dentro del posicionamiento subjetivo.

Normalmente debemos tener en cuenta que los dichos son citas del Otro. Alguien dice “soy un don nadie” y cuando se le pregunta ¿Quién dice eso?, el sujeto responde mi padre decía “soy un don nadie”; su padre se lo decía de sí mismo y el paciente tomó la cita y la hizo suya; entonces la frase cambia de sentido ante el cuestionamiento. El lenguaje sigue de este modo un camino retroactivo.

Normalmente el sujeto no sabe que lo que dice es una cita del discurso del Otro, y que introduce esa escisión, esa ruptura, entre el dicho y el decir.

Aquí podemos ver de la importancia de las puntuaciones, puntuar implica cortar las sesiones, de lo contrario la puntuación queda completamente en el aire, donde una puntuación viene a  anular a la otra. Para que la puntuación tenga efecto y el sujeto se pueda localizar frente a la fijación de la puntuación, es necesario cortar la sesión.

No hay palabra más especial que la que dice el analista para fijar la posición subjetiva. Ahí se puede conocer una palabra de verdad. No son baladíes los actos del analista y con ellos este debe ser consecuente. Un colega que venía a supervisar acostumbraba a recoger y despedir a sus pacientes con sendos besos, en alguna ocasión ya le había cuestionado sobre este acto y de su propia necesidad, la de mi colega. Un día y después de una escansión se pudo dar cuenta de lo inapropiado de su acto. ¿Qué sentido tenía la escansión si después le seguían los acostumbrados besos, que venían a anular el anterior movimiento analítico? La puntuación permite fijar al sujeto en  un punto, punto referencial que le permite  decir: “es eso”;  con este movimiento se le da al sujeto un punto de referencia;  pero si en ese mismo momento, en el caso del supervisando, se volvía al ritual de siempre, no había un tiempo mínimo de vacío  requerido por  la escansión.

En cada cadena significante debemos situar la atribución subjetiva; “no hay una sola cadena significante sin que se plantee la cuestión del sujeto”; es decir de quién habla y desde que posición habla. Lo que nos lleva a la cuestión de saber y preguntar en qué sentido el sujeto habla en su propio nombre.

En el análisis no se trata de participar emocionalmente de las situaciones afectivas del paciente demostrando compresión o ternura. Por el contrario, la demostración de incomprensión frente

a los afectos del otro es una posición sumamente importante, aunque estos posicionamientos no están exentos de reproches de deshumanización.

En este sentido, el malentendido, ya desde las entrevistas preliminares tiene una función esencial. Solo a través del malentendido es que demostramos nuestra disposición a querer entender. Por ejemplo, a través de la pregunta: “¿Qué quiere decir usted con eso?, simplemente esa pregunta introduce al sujeto supuesto saber, porque solo demostrando al paciente que no le entendemos, introducimos al sujeto en el mismo cuestionamiento.

¿Acaso la asociación libre no es más que un acercamiento al mal-entendido? ¿No es verdad que solo por el  camino de la ignorancia es que se tropieza con la pasión analítica?

“Cuando la boca puede hablar libremente, lo que sale de ahí no son bendiciones sino maldiciones, maldichos”, y el analista debe contribuir al aprendizaje del bien decir, esto es, contribuir a un acercamiento entre el dicho y el decir de tal manera que pueda decir lo que desea.

Y aquí hablamos de una rectificación, que llamamos subjetiva. Que el sujeto tenga la posibilidad de modificar su posición frente al dicho. De esta manera se practica el retroceso de la enunciación, o sea, que la manera de decir las cosas se escribe en un retroceso subjetivo.

Podemos ser más contundentes y decir que será el malentendido, la diferencia entre enunciado y enunciación, lo que dirige al sujeto hacia el encuentro con el  inconsciente, lo que le va a llevar al cuestionamiento de su deseo y de lo que quiere decir.

Y se resumimos lo dicho hasta aquí, apuntamos que en las entrevistas preliminares no solo descubrimos la posición del sujeto, sino que transformamos a la persona, que vino, en un sujeto y ahí hablamos de una rectificación subjetiva, para lo que hemos tenido que introducir al sujeto en la asociación libre, abriendo el camino al inconsciente y haciendo que busque el sentido de lo que dice abandonando la posición de Amo.

Diferentes posiciones subjetivas.-

Las diferentes posiciones subjetivas nos marcan la manera de gozar de cada estructura; no es lo mismo el que dice: “Hago eso y lo repito”, que cuando alguien dice: “es lo que hago, pero estoy contra eso”; en el primer caso podríamos estar frente a la perversión y en el segundo frente a la neurosis.

Sabemos que hay alucinaciones en la histeria, pero frente a la psicosis donde, a pesar de no conocer todos los detalles de sus alucinaciones, la alucinación es un punto de certeza; en la histeria, si la hacemos hablar podemos escuchar que la terrible alucinación no tiene ningún punto de certeza.

En la neurosis, en general, el deseo comporta, en sí mismo, un momento de no desear, donde al mismo tiempo que se demanda no se quiere lo que se demanda.

En el obsesivo hay un primer tiempo donde se pronuncia una demanda y  luego un segundo momento en el que se niega el primer momento; hay una separación temporal entre el sí y el no. En la histeria, en cambio, ambos tiempos se pueden dar en el mismo momento.

El sujeto histérico va a tomar distancia con sus dichos; va a poner en cuestión al significante, al Amo. El va a buscar al Amo para demostrarle que incluso desde su posición de falta, él es más potente que el propio Amo. Se coloca en una posición de falta y desde ahí espera algo del otro, pero es algo que el otro no tiene. La histeria quiere demostrarle al Amo que es incapaz de hacer cualquier cosa por ella.

Por otro lado el obsesivo, va a llegar al análisis cuando algo que ha ocurrido le ha llevado a una discrepancia con el significante Amo, con el cual está identificado.

Por hoy lo dejamos aquí; aunque quisiera seguir hablando de todo esto en la próxima ocasión.

Textos recomendables.-

J. L. Miller. “Introducción al método psicoanalítico”. Nueva biblioteca psicoanalítica

Colette Soler. “Entradas en análisis”.  Manantial.

One thought on “El empeño de comprender

  1. Tere Hermida says:

    Leo: “en el análisis no se trata de participar emocionalmente de las situaciones afectivas del paciente demostrando comprensión o ternura. Por el contrario, la demostración de incomprensión frente a los afectos del otro es una posición sumamente importante…”
    Esta, dices, ha de ser la posición del analista. Pero, como en toda relación, hay otra parte, el paciente, que acude a él colocándole en el lugar del saber; esa persona que el analista “transforma” con la pretensión de que busque el saber en sí mismo, y que, por mor del arte de la transferencia, va a depositar en él sus afectos. El paciente, que nada sabe del manejo de ese arte, ¿qué siente ante la demostración de incomprensión o la falta de ternura del analista? ¿es lo mismo demostrar incomprensión que no mostrar ternura? ¿hasta qué punto mostrar comprensión o ternura es participar de las situaciones afectivas del paciente?
    Se suscitan muchas preguntas que, desde el descubrimiento del psicoanálisis, algunos analistas han tratado de responder-se. Tomemos a Ferenczi, discípulo muy cercano a Freud, que en su “Diario Clínico de 1932”, subtitulado “Sin simpatía no hay curación”, se cuestiona sobre este asunto.
    Más allá del fuego cruzado que, como maestro y discípulo, mantuvieron, ha de tenerse en cuenta que Freud fue el analista de Ferenczi, y quizá por ello este le pidió un entendimiento que, tal vez, no obtuvo, o hubo malentendidos entre ellos que parece no les llevaron a un final feliz. Pero ¿qué entiende Ferenczi por simpatía?
    Cuando habla de sus paciente reconoce que, aunque los acoge a todos con interés, algunos no despiertan en él ninguna simpatía, por lo tanto la consideraremos como una cierta inclinación afectiva, quizá coloquialmente pudiéramos decir que algunos no le caían muy bien. Después de adentrarse en la empatía, que no es lo mismo que simpatía puesto que lleva aparejada una cierta dosis de identificación, y darse cuenta de que los pacientes acababan pidiendo algo más, dice: “En un caso particularmente impresionante, recibí la respuesta de que no solo esclarecimiento, sino ternura y amor se debía administrar como antídoto del dolor (y no simulado, sino sentido con verdadera simpatía)”.
    Él mismo, en agosto de 1932, se cuestiona al respecto, pero ¿se puede amar a todo ser humano?
    Pretender que el analista ame, o simplemente sienta simpatía, hacia todo el que traspasa la puerta de su despacho, sería tanto como considerarle no perteneciente a la especie humana. Que el analista muestre una simpatía que no siente, quizá le llevaría a colocarse en lo que Ferenczi llama “hipócrita amistad al enfermo”.
    Al final del diario y de su vida, parece llegar a una conclusión al decir “Solo la simpatía cura. El entendimiento es necesario para poder aplicar la simpatía en el lugar correcto (análisis), de la manera correcta. Sin simpatía no hay curación. (A lo sumo, intelecciones sobre la génesis del padecer).»
    Dos posiciones, dos alternativas y muchos interrogantes.

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