EL CUERPO EN LA PRACTICA PSICODRAMATICA

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EL CUERPO EN LA PRÁCTICA PSICODRAMATICA.

Enrique Cortés

 

                                            El goce sólo se aprehende, sólo se concibe en tanto cuerpo.

                                           sea como fuere que goce, bien o mal, sólo a un cuerpo le

                                          es propio gozar o no gozar al menos ésa es la definición

                                           que vamos a dar del goce.

                                                                                                          J. Lacan.

                                                                       La realidad del cuerpo es una imagen

                                                                       en movimiento que fija el deseo.

                                                                                                                           O. Paz

  El cuerpo psíquico.

No nos cabe duda alguna: “Excluir el trabajo corporal del proceso de la cura, le resta a la misma potencialidades”.

En estos momentos, nos resultaría difícil encontrar una tendencia psicoterapéutica que no tuviese, de una manera u otra, en cuenta al cuerpo.

Los que tenemos en cuanta al inconsciente como instrumento para conocer la verdad, sabemos que hablamos sin saber y que en ese acto también hablamos con el cuerpo y que por lo tanto es también mediante el cuerpo que hablamos más de lo que sabemos.

El cuerpo que a nosotros nos interesa no es un cuerpo de carne y hueso, sino un cuerpo tomado como un conjunto de elementos significantes.

En ese sentido cuando una cara suscita un sentimiento, es un cuerpo-imagen; pero cuando la misma cara suscita un decir inesperado, es un cuerpo-significante.

El cuerpo es receptor de todas las emociones y caja de resonancia del placer y del displacer. El cuerpo es el instrumento, sus acordes, escenas que se representan en el escenario. Instrumento ejecutado por el protagonista que nunca está sólo sino acompañado por todos los personajes que lo habitan.

Cuerpo y palabra integrados, pensamiento y emoción anudados.

Para Elina Matoso, “El cuerpo es algo que se construye, el cuerpo no es primario, no se nace con un cuerpo, para hacer un cuerpo hace falta un organismo vivo más una imagen”.

El niño entre los 6 y 18 meses, “todavía en estado de impotencia e incoordinación motriz, anticipa imaginariamente la aprehensión y dominio de su unidad corporal. Esta unificación imaginaria se produce por identificación con la imagen del semejante como forma total. La fase del espejo constituiría la matriz y el esbozo de lo que será el yo. El niño percibe, en la imagen del semejante o en su propia imagen especular, una forma en la cual anticipa una unidad corporal que objetivamente le falta. Esta experiencia primordial se encuentra en la base del carácter imaginario del yo”.

“La falta de una imagen que nos proteja puede llevarnos a caer en la enfermedad. A veces se busca desesperadamente una para impedir la caída”. De ahí que decimos que el cuerpo es producido por lo imaginario.

No existe un sí propio, un uno mismo sin el otro.

Con respecto al sentimiento de sí, la imagen corporal es una matriz que alimenta o no, la autoestima, la dimensión de lo que el individuo se siente capaz de hacer. La piel, como dice Matoso, dibuja en el espacio los límites de sí, establece la frontera entre el adentro y el afuera pues también se halla abierta al mundo, es memoria viva de una historia personal.

De ninguna manera la imagen que el individuo se forja de su cuerpo es un duplicado del cuerpo real sino algo que emana de una historia personal tal como el individuo la vive.

La imagen del cuerpo no es inmutable, se construye a través de las diferentes etapas de la vida. La imagen del cuerpo habla de la imagen de sí.

El cuerpo es significado por el lenguaje: “Como sujetos del significante estamos separados del cuerpo, podemos prescindir de él. El sujeto es alguien del cual se habla antes que pueda incluso hablar, el sujeto efectivamente está en la palabra antes de tener un cuerpo, sencillamente antes de nacer y permanece allí aún después de no tener un cuerpo, es decir, después de la muerte. La duración del sujeto al estar sostenido por el significante excede pues a la temporalidad del cuerpo”. El significante preexiste al sujeto y lo subsiste después de la muerte. Nuestro cuerpo es siempre lenguaje sobre el cuerpo.

Al actuar, al hablar, al bailar, al reflexionar sobre un cuerpo, el individuo efectúa un trabajo de reconciliación con la memoria, se sumerge en su historia para cobrar cuerpo en la vida.

El tema del cuerpo es central en nuestra teoría y en nuestra práctica, porque es indudable que somos cuerpo. No “tenemos” sino que, por condición de definición, lo somos.

¿Qué es un cuerpo? Es un trozo de materia. Pero en ese trozo de materia ocurren fenómenos extraordinariamente diversos.

Cumplir con aquello de crecer, renovar la propia sustancia y reproducirse, no es un mero trámite de materia viva corporal, todo ello esta entrecruzado con lo que también, depende y determina el psiquismo. “No solo de pan vive el hombre”, no podemos suponer que alimentándolo y creando las condiciones de subsistencia, a los humanos nos basta. Algunas patologías del psiquismo – lo hemos visto claramente en el caso de la histeria – como, por ejemplo, una catatonia rígida, dan claramente cuenta que el trastorno psíquico puede conducir a la muerte del cuerpo, de la materia viva. Esto llevado hasta el extremo del suicidio como el exterminio de la materia viva por un avatar de la complejidad psíquica.

Entonces ya lo podemos decir: en nuestra clínica, el cuerpo merece fundamental importancia.

Se trata de recibir y escuchar el cuerpo en sus más diversas manifestaciones. Porque, debemos tener en cuenta, que muchas veces, el cuerpo habla y dice, produciendo imágenes y lo más importante es que se trata de imágenes significantes. O sea: tienen significación y deben ser tratadas como tales.

En 1890 Freud escribe un artículo que se titula “Tratamiento psíquico (tratamiento del alma)”. ¿Qué dice Freud en ese texto? que tratando lo anímico se llega al cuerpo. ¿De qué modo? “...con recursos que de manera primaria e inmediata influyen sobre lo anímico del hombre”. Y, ¿cuáles son esos recursos? “Un recurso de esa índole es, sobre todo, la palabra y las palabras son, en efecto, el instrumento esencial del tratamiento anímico”.

“La relación entre lo corporal y lo anímico es de acción reciproca”.

Freud describe entonces toda clase de síntomas corporales que pueden aquejar a una persona: cefaleas, trastornos de la atención, de la visión, de la digestión, de las funciones intestinales, del ciclo vigilia-sueño, etc. Y da cuenta también de la variabilidad y versatilidad de todas esas posibles afecciones y muchas más para llegar a la conclusión que “... en todos puede observarse que los signos patológicos están  nítidamente bajo el influjo de irritaciones, emociones, preocupaciones, etc.”. No son, ni pueden ser tratados, como enfermos del estomago o de la vista, etc. – o sea, parcializando un área específica del cuerpo. Se dice de ellos que padecen “... una afección del sistema nervioso en su conjunto. No obstante, el estudio del cerebro  y de los nervios de enfermos de esta clase no ha permitido descubrir hasta ahora ninguna alteración visible” y aquí destacamos: visible.

“Tales estados han recibido el nombre de nerviosidad (neurastenia, histeria), y se las define como enfermedades meramente funcionales del sistema nervioso”. “Funcionales”, un término que hasta hoy se sigue utilizando.

No obstante hoy se sigue buscando el fundamento en los cuerpos de las patologías del psiquismo. Y hasta maltratando a esos cuerpos con medicaciones que hacen estragos  que no conducen absolutamente a nada más, ni nada menos, que a paliar por un lado lo que empeoran por otro.

En este punto, ¿a qué conclusión llega Freud? A afirmar que “... los signos patológicos – de estos enfermos – no provienen sino de un influjo alterado de su vida anímica sobre su cuerpo. Por lo tanto la causa inmediata de la perturbación ha de buscarse en lo anímico.

El más cotidiano y corriente ejemplo de influencia anímica sobre el cuerpo que cualquiera puede observar, es la llamada “expresión de las emociones”. Los músculos responden a los estados de tensión, la mirada, el aflujo sanguíneo a la piel, la fonación, la postura de los miembros, las alteraciones del pulso, los cambios de la distribución sanguínea. Y esta es una valiosísima indicación clínica cuando tantas veces decimos que es necesario – también – mirar al paciente con el llamado “ojo clínico”, porque ello da cuenta de elementos que también, pueden ser altamente significantes. Y cumplir el rol que el postulado lacaniano le atribuye: el de representar a un sujeto.

Tanto el dolor intenso como la intensa dicha pueden causar perturbaciones complejas – hasta mortales – en y para el cuerpo.

 ¿Cuál es la relación para Freud entre el cuerpo y la palabra?

La palabra toma el relevo del cuerpo o de las partes del cuerpo para evitar la censura que sobre este ha pesado y pesa. Solo hay que pensar los diferentes  modos en que se llaman pene y vagina en la lengua corriente, siempre abierta a neologismos desfigurativos.

Se cumplen, hablando del cuerpo, lo que es pertinente a la censura por represión, a la alusión, a la condensación y al desplazamiento. ¿Por qué? Porque para el humano se trata de un cuerpo sexuado y lo que se reprime es lo que de sexuado tiene el cuerpo mismo.

No es en vano que Lacan nos recuerda  que es el cuerpo el lugar donde el significante hace hablar al goce; y en tanto que mi cuerpo habla y es sin saber, es que yo digo siempre más de lo que se.

Cuerpo y goce

En el uso común goce y placer tienden a ser sinónimos pero en el psicoanálisis, los significados respectivos se diferencian: “en tanto hace del goce, ya sea un exceso intolerable del placer o una manifestación del cuerpo cercana al dolor y al sufrimiento”. La idea del goce como un exceso intolerable del placer se revela en el sentido común en expresiones como “morirse de risa”, “destornillarse de risa”; o en el caso de la sexualidad, está también la expresión francesa de la pequeña muerte para referirse al orgasmo. En el sentido común asoma pues la idea de un placer mortífero, intolerable, cuyo atravesamiento nos situaría en las puertas mismas de la locura o la muerte. O sea que la definición psicoanalítica va contra la ortodoxia del sentido común pero coincide con ciertas intuiciones que están ahí presentes. Braunstein (El goce como concepto eje del psicoanálisis) también define al goce como una manifestación del cuerpo próxima al dolor y al sufrimiento.

El goce supone pues una posesión/control personal sobre algo que produce una poderosa vivencia de satisfacción.

El goce es la sustancia vital que se “retuerce” en su insatisfacción, que pugna por realizarse, sin tomar en cuenta al otro y la ley.

La carne del infante es desde el principio objeto para el goce. Y de ahí que ese infante podrá ser “gozado” más allá del deseo y la ley.

Por otro lado, ese infante tendrá que identificar su lugar en el Otro, en el sistema sociosimbólico. Es decir, podrá constituirse como sujeto en la medida en que internalice los significantes que proceden de ese Otro, el cual siendo seductor y gozante está al mismo tiempo mediatizado por las propias interdicciones que lo constituyen.

La madre, por ejemplo, puede gozar de su bebé considerándolo una posesión a la que puede disfrutar a su antojo. No obstante, esa madre, con su potencial seductor y gozante, contiene también a la ley y su prohibición del goce, por lo que su tentación de explotar el cuerpo de su hijo, se verá refrenada. De esta manera, en vez de persistir en el trato de su bebé como objeto de goce, comenzará a autolimitarse, a interpelarlo como sujeto, a reconocerlo como un agente en ciernes, dentro de los intercambios simbólicos.

Y con todo esto,  el goce es el núcleo de nuestro ser.

Pero el goce solo puede ser abordado a partir de su erosión, por las pérdidas que vienen del Otro, por las restricciones impuestas por la ley. El goce es algo que existió plenamente en un pasado del que no podemos tener memoria, mítico, pues en esa época se carece de la palabra que es la base del recuerdo.

A ese goce encapsulado y secuestrado, no disponible para el sujeto, la cura psicoanalítica le habilita el camino de la palabra. La idea es incluir lo reprimido en el contexto de un discurso amplio y coherente. Es decir, como Freud repetía: donde estaba el “ello”, advendrá el “yo”.

El síntoma es el goce encapsulado. Gracias al trabajo psicoterapéutico y concretamente en nosotros desde el psicodrama, ese goce encapsulado se convierte en un decir en torno a ese goce. Ese goce logra llegar al habla. Entonces ese goce es desplazado del campo de lo perdido o erosionado, al campo de lo posible: el deseo.

En el psicodrama el cuerpo actúa mediante la representación dando, a veces, nuevos sentidos de lo que se está hablando. El cuerpo acompaña al recuerdo y permite revivirlo, y es en ese sentido que el afecto prevalece sobre el relato.

Un adolescente de 14 años debe ser intervenido para proceder a la amputación de una de sus piernas por un osteosarcoma que lo aqueja. Tras ello vienen largos años de quimioterapia y de rehabilitación que incluye la práctica de natación

El joven ya superada la quimioterapia alcanza altos galardones en competencias internacionales y viaja a las Olimpiadas. Su entrenadora  confiesa que ya no sabe qué hacer con él. Tiene todas las posibilidades de conquistar el oro olímpico, pero nadie logra hacerlo entrenar lo suficiente, ni guardar una conducta como la que se espera de los deportistas de alto rendimiento.

El día que debe correr su carrera más importante, en tanto es aquella para la cual está preparado y todo dispuesto para que pueda ganarla; se golpeó contra el borde de la piscina y se lesiona, teniéndole que entablillar dos dedos de su mano.

Comenta que esto ya le pasó con anterioridad, al cerrar el ascensor del edificio donde estaba viviendo, sus padres lo habían expulsado del hogar y un familiar le había hecho lugar con él, se pilló los mismos dos dedos  y también se lesionó.

Llegados a este punto el animador decide representar la escena. Ya en el paso previo, en la elección de los auxiliares, el protagonista se queda en blanco, su rostro cambia de semblante al tiempo que cierra los puños.

Al ser interrogado por ello, dice haber recordado como desde la intervención es llamado  por su padre  como “el rengo” y los amputados como “los rengos”. Este era su nombre en lugar de su verdadero nombre.

Antes de la carrera está enormemente angustiado, angustia que es considerada fruto de la probabilidad de poder ganarla.

Lo siniestro, nos dirá Freud, es poder llegar a ganar y superar la marca de la imagen inconsciente del cuerpo signado por el decir del Otro, debe seguir siendo “rengo” en sus logros de la realidad.

Tal es su estado de tensión que hace dos falsas largadas y se le anuncia que a la tercera queda descalificado.

Solo obtiene el bronce. Diríamos un bronce deslucido sin los brillos del oro.

Tiempo después sabemos que es así como va por la vida: obteniendo para perder. No es suficiente un pedazo de cuerpo para saldar la deuda con el Otro, el cual no cesa de no exigir. ¿Cómo alejarse de ese deseo que lo atrapa y lo lesiona?

Los destinos del cuerpo no son anecdóticos, por eso depende de nuestra capacidad y calidad de escucha poder revertir algunos de sus designios; pero además en el psicodrama también de nuestra capacidad de mirar-lo y atender-lo.

         

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