EL PODER DE LAS PALABRAS (III)

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 LA TERAPIA PSICOANALITICA Y LAS PALABRAS Vamos a comenzar hoy por la cita de un trabajo poco difundido y poco citado de Freud: “La indagatoria forense y el Psicoanálisis”. La historia de este artículo es que comienza siendo una conferencia que Freud pronuncia en junio de 1906 en la Universidad de Viena, en un seminario de jurisprudencia invitado por Alex Lofler. Veamos como presenta Freud allí ante una audiencia tan ajena – presuntamente – a lo específico de su tarea, el valor de las palabras y la forma de operar con ellas. “Todos ustedes están familiarizados con ese juego de salón, y común entre los niños, en que una persona propone a otra una palabra cualquiera, a la que ella debe agregar una palabra que forme con la primera una expresión compuesta. Por ejemplo, “vapor-barco”; en consecuencia, “barco de vapor”. “Consiste en proponer a una persona una palabra – la palabra estimulo – a la que ella debe responder lo más rápido posible con una segunda – la llamada reacción – sin que nada la límite para elegirla”. 1) Palabra – estimulo Respuesta – palabra reacción Nosotros diríamos que S1 es el estimulo y S2 es la reacción que co-responde a ese estimulo. 2) S1 – estímulo S2 – reacción Pero, ¿esta reacción es azarosa, es tan libre como su nombre lo indica? Freud recuerda entonces su trabajo sobre “Psicopatología de la vida cotidiana” en donde dice “…que toda una serie de acciones que se consideraban inmotivadas están, sin embargo, sujetas a un rígido determinismo; así contribuye a restringir el campo del libre albedrío psíquico”. 3) Del libre albedrío al Rígido determinismo O sea que el libre arbitrio no rige la libre asociación, aunque esto parezca profundamente contradictorio. Es el determinismo más riguroso – “rígido” lo llama Freud – el que impera en términos de palabra estimulo – reacción, o sea significante que llama a otros significantes. No cabe el azar, ni las dificultades de articulación ni las semejanzas fónicas. Esto debería ser leído en cada sesión a la mayoría de los analizantes que, a pesar del tiempo transcurrido y experiencia adquirida, tratan de soslayar el fallido o el lapsus apelando, en tantos casos al: “Me equivoque, quise decir otra cosa”. Lo cual es cierto: quiso decir otra cosa. La cuestión es porque dijo lo que dijo en lugar de lo que quería decir. Allí está el nudo de la cuestión, porque esa sustitución, precisamente, no ocurre por azar, ocurre porque algo la determina. 4) La asociación no ocurre por azar: está absolutamente determinada La pregunta ahora sería: ¿Qué sería eso que la determina? Ahora ya sabemos que en la vida psíquica hay un fuerte condicionamiento y que la ocurrencia en la asociación está condicionada por “… un contenido de representación”. 5) Asociación: condicionada por un contenido de representación Es interesante porque Freud apela aquí a un ejemplo que le es propio. ¿Por qué Eligió el nombre “Dora” para la presentación del caso que todos conocemos? La anécdota es extraordinaria: Freud debe encontrar un nombre para la persona que presenta en esa historia. Por supuesto que no el auténtico y tampoco ninguno de los nombres de los personajes femeninos de su propia familia. “Uno esperaría contar con un cúmulo de nombres femeninos, pero en lugar de ello afloró uno solo, y ninguno más: el nombre “Dora”. “Me pregunto por su determinismo. Y bien, ¿quién más se llama Dora? Quisiera rechazar, por increíble –sigue comentando – la primera ocurrencia. Ella reza que así se llama la niñera de mi hermana”. Pero fiel a su método y a los principios de lo que quiere demostrar, sigue el hilo asociativo. Rememora entonces un suceso del día anterior: Freud encuentra un sobre escrito en su casa dirigido a “…la señorita Rosa W”. Pregunta entonces quien se llama así y se entera que la supuesta Dora – la niñera – se llama en realidad Rosa pero hubo de renunciar a su propio nombre porque también la hermana de Freud se llama así, Rosa. “Dije conmiserativamente: “¡Pobre gente, ni siquiera su nombre puede conservar!”. Y cuando al día siguiente comienza a buscar el nombre para una persona “…que no podía conservar el suyo, no se me ocurrió otro que el de Dora”. 6) En el fondo de toda ocurrencia hay siempre un contenido de representación eficaz, obviamente reprimido. Son las palabras no dichas, del deseo, las que causan las palabras pronunciadas y escuchadas del analizante. En ese discurso, -el del analista – el Saber, el S2, el material asociativo, aun está inconsciente y reprimido pero en un lugar fundamental: el de la verdad, y sobre él sostiene el buen lugar del analista quien en ese momento, además, hace la ficción de hacer semblante del lugar del goce y desde allí, desde el lugar del agente, hace trabajar , a su pseudo esclavo, el sujeto. Por supuesto que algo allí se produce: el significante amo, el S1. 7) Discurso del analista ¿Qué hacemos entonces, nosotros analistas, cuando analizamos? “Después que el enfermo, ha referido una primera vez su historia lo exhortamos, inducimos, sugerimos, pedimos, demandamos, al paciente, ¿a qué?…” Exhortamos a: abandonarse por entero a sus ocurrencias y a exponer sin ninguna reserva crítica, cuanto se le pase por la mente. Así partimos de la premisa, no compartida por el enfermo – o partimos de una premisa que supone, inmediatamente, según Freud, la resistencia – de que esas ocurrencias no serán fruto de su libre albedrío, sino que estarán comandadas por el nexo con su secreto, su “complejo”; 8) Ocurrencias: no por libre albedrío sino retoños de lo reprimido inconsciente Entonces: el enfermo sufre de aquello que no puede resolver ni por sí mismo ni con la intervención de otros profesionales de otras áreas; entonces recurre a nosotros, analistas. Nosotros comenzamos a conocer su historia y a poco de ello, le pedimos, le solicitamos, que haga algo que, en sí mismo, no supone ningún esfuerzo: en lugar de pre-juzgar, censurar o elaborar un decir previamente determinado, simplemente, que diga lo que se le ocurra. Y Freud es explicito: “premisa no compartida por el enfermo”. ¿Qué es lo que no comparte el enfermo? Que lo que se le va a ocurrir no está librado a su libre arbitrio sino que hay algo que lo condiciona. El enfermo – que antes que eso es un humano – no quiere aceptar que no es el dueño, el amo, que domina sus elecciones. No solo quiere seguir conservando su “secreto” – que por algo lo es, sino que quiere persistir en la mentira en tanto ocultamiento de la verdad. Y las palabras libremente emitidas sin control y sin el resguardo del tamiz de la censura de la conciencia pueden, la más de las veces, conducirlo a decirse la verdad. 9) Resistencia: temor profundo a develar el secreto y confrontarse con la verdad Aquí hay una apreciación técnica fundamental: es imprescindible aclarar, entre otras cosas, al paciente dos fundamentos básicos: A) Que el analista no es juez de nadie, que nada de lo que allí sea dicho será tema o motivo de controversia, por ejemplo, en términos de moral o buenas costumbres. B) Que en un análisis rige el más absoluto y estricto secreto profesional o sea que todo lo que allí se diga permanecerá para siempre entre los limites de ese espacio compartido por esos dos seres. 10) Explicitación fundamental del analista: no juzgara y guardara el más absoluto secreto. Por ejemplo, los más celosos guardianes de esa premisa son los niños y los adolescentes, porque saben que sus padres están en contacto con el analista y muchas veces ponen a prueba si el secreto ha sido transgredido. Entonces, debemos avanzar con lo que nos proponemos: levantar represiones para que el material reprimido al menos, pase de un saber que no quiere ser sabido, pero se sabe, a un saber sabido y registrado como tal. ¿Qué es lo insoportable, intolerable y reñido totalmente a la conciencia? Sin duda la expresión por medio de palabras – por ello tan temidas – de deseos contrarios a lo que se llamarían “buenos deseos”. Supongamos que alguien, alguna vez, y ¿por qué no?, estuvo habitado momentáneamente, por el deseo de matar a su hijo. ¿Qué se piensa de alguien que, verdaderamente, tuviera ese deseo filicida? Es absolutamente abominable, reñido a todo lo esperado, execrable, pero….humano. Sin embargo quien así lo percibe y lo siente, no puede consentirlo, ni siquiera ante sí mismo porque se horroriza. “¿Cómo yo, que debo amar a mis hijos más que a mí mismo, pienso, he pensado, pensé, en eliminarlo? Entonces, ¡soy infrahumano, un criminal, yo mismo no merezco vivir por sentir eso!” Son las palabras las que vienen a anoticiarnos de la verdad de nuestros sentimientos, anhelos, fantasías, deseos, etc. Es por ello que son tan temidas y tan resistidas. No basta con que aseguremos al paciente que no somos quien para juzgarlo y que, es más, no lo haremos. Siempre estará presente el temor a que ello sea transgredido porque el paciente mismo – por proyección – nos adjudica lo que el mismo haría. No lo dudemos: el primero en juzgarnos en espejo y de la peor manera, sería el mismo, entonces, proyecta e introyecta lo que es de su propio dominio, de su propio territorio. En ese punto toma al analista como su semejante, como el otro de la alteridad, como el alter ego y no como aquel que está en otro lugar que el semejante, que el prójimo. 11)El paciente nos adjudica sus propios juicios y prejuicios Por eso, Freud inventa el uso del diván y Lacan inventó – a partir del hecho que estudió el lugar del “muerto” en el juego del Bridge – el hacer semblante. El diván interrumpe el circuito de la mirada puesta sobre nosotros – analistas – para estar controlando nuestra reacción ante alguna supuesta barbaridad que debe decir el paciente. A cualquiera se le puede escapar un gesto inconsciente de repudio ante algo que el analizante está diciendo. El diván nos permite, y esto Lacan lo tuvo imprescindiblemente en cuenta cuando estipuló ese lugar del objeto nada, que es el objeto a, fuera de la observación escrupulosa y pertinaz del paciente, la libertad de – en absoluto silencio – pensar, sentir, gesticular mínimamente, lo que nos ocurra sentir, pensar, hasta, porque somos humanos, juzgar. Pero en esto coincide el silencio, el buen silencio del analista que no alcanza solo a las palabras: no es que permanezcamos mudos sino que debemos ser mudos en función de ciertas cosas que jamás deben decirse en un análisis. 12) El silenciar del analista obedece a ciertas cosas que JAMAS deben decirse a un analizante. Y en esto es, también, fundamental el análisis del analista. Sigamos un poco más el texto seleccionado de Freud: “Pero el paciente, a quien se solicita obedecer la regla de comunicar todas sus ocurrencias, no parece capaz de hacerlo. “Retiene”, dice Freud y lo justifica con diversos motivos: “…que no tiene importancia, que no viene al caso, o que carece por completo de sentido”. 13) El paciente RETIENE con diversas justificaciones. ¿Qué hacemos entonces? Freud nos responde: “Entonces le exigimos que comunique y persiga la ocurrencia a pesar de tales objeciones. 14) Exigimos que comunique y persiga la ocurrencia a pesar de sus objeciones Y agrega: “En semejante conducta de los enfermos discernimos una exteriorización de la “resistencia”, que no nos deja mientras dura el tratamiento.” 15)Resistencia: no nos abandona en ningún tiempo de la cura. Y aclara que el concepto de resistencia tiene tanto valor para entender la génesis de la enfermedad como para el mecanismo de la cura. Y más adelante hace otra aclaración de indudable valor en el saber-hacer del analista porque esclarece que está ocurriendo cuando, como tantas veces se escucha en los controles el análisis está atascado, empantanado y el mismo paciente se queja de que no pasa nada. Y es totalmente cierto y verdadero: no pasa nada. Y ¿qué es lo que debería pasar? Lo que deberían pasar son palabras que son sustraídas a la libertad asociativa, nuevamente, porque son vividas como peligrosas. 16)El atascamiento, la falta de ocurrencias, obedecen a la exteriorización de lo reprimido. Un giro que no es habitual o que apela a la complicidad en términos de “Ambos sabemos de que se está hablando”. No; nosotros no sabemos de que está hablando su “secreto” inconsciente. “Y en definitiva, dice Freud, no es difícil comprender que un secreto celosamente guardado solo se denuncie por indicios finos, especialmente de doble sentido.” Sería el caso del “¿Usted comprende, no?” No, no comprendemos. 17)El analista no debe ingresar en la complicidad del doble sentido. La comprensión en un análisis está marcada por otro signo, el de los tres tiempos que tan brillantemente desarrollo Lacan: instante de la mirada, tiempo para comprender, momento de concluir. 18)El analista solo comprende a través de todo el tiempo para comprender que lo conduce al momento de concluir. Tiempo para comprender no apunta a la complicidad del mutuo entendimiento. Esa es una instancia para otras situaciones humanas y no para la analítica. El analista no da nada por sobre entendido porque precisamente puede caer, de bruces, diríamos en un malentendido, absolutamente imaginario. Lo que debe regir en un análisis es el tránsito simbólico. El tiempo para comprender en un análisis es aquel que está regido por toda la cronología que se hace necesaria para la penetración del “complejo”, hoy diríamos también para que el Inconsciente se abra y deje salir sus formaciones y para hacer lugar y tiempo a que se produzca la interpretación. 19)Interpretación: la que ocurre cada vez que se llega a un momento de concluir. Vayamos al último punto que trata Freud en tanto atrincheramiento de la resistencia: El error en la reproducción. En primer lugar, aclara que no se trata de develar el sentido oculto y tornarlo manifiesto: todo lo contrario. Se trata de “… traducir el contenido que del sueño se refiere a su sentido oculto. A veces no sabemos principiar esa tarea – reconoce el autor -, y en tal caso podemos servirnos de una regla empíricamente fundada que nos aconseja pedir que se repita el relato del sueño. Es común que al hacerlo el soñante altere sus expresiones en muchos pasajes. Entonces nosotros nos aferramos a los pasajes en que la reproducción es defectuosa por variación, a menudo también por omisión, porque esta infidelidad nos garantiza la obediencia a lo reprimido y nos promete el mejor acceso al sentido secreto del sueño.” 20)Pedir que se reitere el relato del sueño: prestar la mayor atención a los traspiés que se produzcan. Y Freud nos asegura que mediante su método “… logramos hacer consiente al enfermo lo reprimido, su secreto, y así cancelamos el condicionammiento psicológico de los síntomas de su padecer.” Y terminemos con la tan archiconocida culpa. Escuchemos con suma atención esta indicación valiosísima de Freud en relación a la des-culpabilizacion, tan denostada por Lacan, en un análisis, y de hacerlo, que perderíamos: “…el neurótico que reacciona como si fuera culpable aún siendo inocente, porque lleva en su interior una conciencia de culpa aprontada y al acecho para apoderarse de cualquier inculpación determinada.” 21)La conciencia de culpa: nos hace culpables aun siendo inocentes Y asemeja entonces, nuevamente, como tantas veces lo hará al neurótico con el niño, ese que todos llevamos dentro al decir del Dolto, y lo hace en términos de que al niño se le imputa un incidente del cual niega absolutamente su culpabilidad, pero luego echa a llorar como pecador convicto y confeso. El niño no miente cuando dice que no es culpable de que se le denuncia pero sí de otra situación de índole parecida de la que nada sabemos. “Entonces niega con derecho su culpa – por uno de sus actos -, y sin embargo en el acto mismo se denuncia su conciencia de culpa – por el otro. En este punto, como en muchos otros, el neurótico adulto se comporta igual que el niño…” Entonces, cabe preguntarnos: ¿ A quién escuchamos en análisis cuando no se trata específicamente de un niño por su edad cronológica? Quizás, casi siempre, a no otro que al mismo niño en sus complejos inconscientes reprimidos que no son otra cosa que el germen de su neurosis. 

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