CLÍNICA DEL TOXICÓMANO EN PSICODRAMA

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Creo que deberíamos partir del plural de los tratamientos y repartirlos según los ejes de abordaje.

Desde Lacan y partiendo de sus discursos, sabemos que hay cuatro posiciones: la del sujeto, la del objeto, la del saber y la del significante amo, que configuran un lazo social.

Y según nuestra pretensión tendremos un tratamiento.

Si elegimos el tratamiento por el saber, lo enfocaremos desde la pedagogía del toxicómano, extrayendo un saber del toxicómano sobre el objeto, droga. Se les explicará los efectos de la droga, las fases y los diferentes momentos por los que pasará, también que de continuar así se encontrará con la muerte e incluso en qué circunstancias se verá.

Desde el tratamiento por el significante amo, se le mandará el siguiente mensaje: “usted es un toxicómano y vamos a tratarlo como tal; el único objetivo es que consiga ser un ex adicto”. Partiendo de este mensaje se le envía a grupos de narcóticos anónimos, donde cada uno busca apoyo en el otro en nombre de la identificación ideal.

En el tratamiento por el objeto, o mejor dicho por los objetos de sustitución, se trata de intentar sustituir el objeto droga por otro objeto, la metadona por ejemplo. Desde ahí le damos acceso a un objeto legal y por lo tanto a derechos e incluso a un estatus social. Se le posibilita el lazo social que había destruido el objeto heroína, por ejemplo.

El tratamiento por el sujeto consiste en afirmar que el toxicómano no existe. Se le propone, al sujeto, dejar de identificarse con su ser de toxicómano para dejar un lugar a su división subjetiva y al goce de la palabra.

Desde este enfoque es que podemos hablar de las eficacias del psicoanálisis.

Eficacia que es desde dos abordajes.

Por un lado, tenemos la eficacia del sentido, la cual le da, en la práctica, una preferencia al inconsciente. Este es el campo de la palabra y el lenguaje, es el terreno de la elaboración, de la interpretación y del desciframiento.

Por el otro, una eficacia que no va con el sentido, sino con el goce. Con lo que repite, con eso que vuelve al mismo sitio. El sentido, aquí, hay que buscarlo en el cuerpo, no en el Otro.

Se tratará de producir un corte en su funcionamiento, esto es  intentar que ese goce opaco, altere su función, dando lugar a un sentido nuevo.

Desde el psicoanálisis, la clínica fundamental es una clínica del sujeto.

Una clínica donde se trata de ver la relación del sujeto con su repetición, y en ese rechazo al saber se tratará de sacar a la luz el goce autoerótico no anclado a la palabra.

En las toxicomanías, de lo que se trata es de obturar la falta en el Otro, con lo cual el tóxico es una respuesta, al igual que el pasaje al acto y el acting out, a la angustia frente al deseo del Otro.

Ubicar la función del tóxico para el sujeto, es una orientación necesaria para cualquier recorrido.

Si seguimos el recorrido del Nombre del Padre, sabemos que es el padre real el agente que posibilita la castración.

También sabemos que el padre real nada tiene que ver con el padre terrible o que asusta, característica estas del padre imaginario;  la función del padre real está ligada a la efectuación de su palabra y no a su existencia de carne y hueso.

El hecho de que el padre real pueda tomar la palabra es necesario para que pueda operar como agente de la castración.

Le toca al análisis permitir la asunción de la castración por medio de ese operador verdadero que es el padre real, siendo este un efecto de lenguaje.

C. es un hombre, tiene cuatro hijas, dos de cada matrimonio. Consumió cocaína durante más de treinta años. En la actualidad lleva casi dos años sin consumir.

Su padre le pone el nombre de su hermano, cuya característica era “ser cocainómano”. Avanzado el tratamiento dirá: “El viejo nunca dijo nada sobre lo que quería de mi, pero me puso C. como su hermano, que es decir algo”. Su mamá lo nombraba como “cachorro”, un apodo con el que se presentaba ante los demás hasta los 30 años; yo me presentaba diciendo: “mucho gusto soy cachorro”.

“Me saqué el cachorro, cuando empecé al análisis. Yo era el cachorro de mamá”.

En sus relatos manifiesta las dificultades para acatar ciertas normas. Recuerda su estancia en el colegio de curas, donde se confesaba por haberse masturbado, entonces me mandaban a rezar, yo rezaba, me volvía a masturbar y volvía al confesionario y me volvían mandar a rezar.

De su anterior analista comenta que lo llamó enojada diciéndole que “no podía concluir el tratamiento de esa manera”, en ese momento había empezado a visitarme y teníamos entrevistas.

En ese momento empezó en narcóticos anónimos, donde el psicólogo le dice que tiene que poner orden a su vida, que rompa con todos los psicólogos y que empiece con él.

En una entrevista dice: “tiré una bomba entre todos ustedes, los analistas, como lo suelo hacer en mi familia con el consumo” y agrega: “están todos enojados conmigo, me encanta que me vigilen, aún no se con quien me quedaré.

Ahí le digo que de momento llevaremos a delante unas entrevistas y que más adelante decidiré si lo cojo en tratamiento.

Finalmente fue dejando los otros tratamientos y empezó a pedir que le confirmara si lo iba a tomar como paciente.

Algo complicado de maniobrar fueron los relatos, ya que hablaba de su sexualidad sin barreras ni tapujos, incluyendo en ellos al tratamiento, dirigiéndose a la terapeuta como “mi novia psicológica”.

Obviamente había que intervenir, máximo contando con algunos antecedentes:

  • La anterior terapeuta le digo que era un obsceno, en uno de sus relatos. Lo que él asociará con el pecado y con recuerdos de su onanismo, cuando estuvo internado con los curas
  • Otra vez, un psicólogo, ante el relato de un encuentro con una prostituta, se levantó le dio la mano y le dijo que no lo iba a atender más.

Ante tal despliegue, intervengo introduciendo una pregunta: ¿Por qué cuenta lo que hace con su sexualidad?

Entonces recuerda que el analista de su primera mujer, que también atendía a su amante, le citó para decirle que tantas mujeres tapaban una veta homosexual; “yo me asusté y empecé mi análisis…”

Otra intervención ante el despliegue sexual, fue un bostezo, a lo que reaccionó diciendo: “te estoy aburriendo”, corté la sesión.

El efecto fue decir que le había liberado de lo obsceno de su anterior analista; al mismo tiempo que me pregunta que cómo es que yo no me inmuto.

Como los efectos ante mis intervenciones no son duraderos, propongo pasarlo  al grupo de psicodrama con la intención de que las sesiones no se eroticen todavía más, y asumiendo el riesgo de que intente acaparar con su discurso la atención del grupo.

En el grupo empieza a contar las cosas vergonzantes de su vida… nombrándose como desubicado, significante que repito y que él asume como suyo.

Cabe decir que es en ese momento cuando deja de consumir; diciendo “al igual que tu, me subí al tren de la vida”, “las cosas estaban como para tirarme por la ventana, pero tu me tomaste de la mano y empezamos a bailar el tango de la vida”.

LAPSUS.-

Estaba hablando de uno de sus consumos cuando dice  “dosis mortal” cuando lo que en realidad quería decir era “sobredosis”, al preguntarle sobre ese lapsus cuenta el ruido que hacía cuando se drogaba.

Se le invita a representarlo y dice, mientras lo reproduce: “el mismo que cuando me masturbo”. Al introducir, en su discurso, la muerte de su madre y al ser preguntado por ella, dice; “sufría de cáncer de pulmón, no podía respirar, hacía así… (lo reproduce)”, lo escenifica de la misma manera que lo hizo para mostrar cómo aspiraba y con el cual se masturbaba.

Le digo: “el mismo ruido para aspirar, masturbarse y recordar los ataque de tu madre…”. Ante la sorpresa dice” a mi madre se le practico la eutanasia; le fueron administrando las inyecciones, una, otra, hasta que murió”.

Añado: “dosis mortal”.

Añade: “La eutanasía es un acto de amor, para evitar la angustia…”

Añado: “Tal vez no sea una cuestión de evitar la angustia, sino de saber qué hacer con ella, cuando esta aparece”.

Hace unas sesiones repitió casi en su literalidad, ahora hablando del grupo, la frase que anteriormente había dirigido al terapeuta:

“Me sentía desubicado pero  el grupo me tomó de la mano…”.

Desubicado, porque ante una madre que le nombra como “su cachorro” el único nombre del padre capaz de arrancarlo de ahí es el de su hermano, cuya característica era “ser cocainómano”.

 

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