PSICODRAMA Y ADOLESCENCIA

 

1.- ADOLESCENCIA Y GRUPOS

La adolescencia, como tiempo de cambio de la organización psíquica, se estructura a partir de una revisión de las posiciones infantiles; las cuales tienen lugar sobre unas coordenadas simbólicas específicas, las que la sociedad impera en el momento actual.

Los recuerdos de la infancia, sus memorias y sus cuestionamientos, toman una dimensión nueva, son cuestiones que el niño debe ir dejando atrás para poder vivir las nuevas formas de relación con los demás, sobre todo el amor y los afectos. 

Para decirlo rápidamente, el problema central de la adolescencia es afrontar la castración. Para el sujeto se trata de enfrentarse a la realización del acto imposible del Edipo, aun a pesar de su habilidad para realizar su deseo incestuoso, embarcándose en una búsqueda de referentes sociales que organizan métodos aceptables de placeres en el vínculo social en el que puedan desempeñar plenamente su juego placentero. 

Encontrar las posibles formas de placeres sociales de referencia, pone a prueba los límites de la vida en sociedad ya que los actos deben ser autorizados por el orden simbólico de su tiempo. 

Por lo tanto, los adolescentes actuales se van a enfrentar al vínculo social de la sociedad actual que promueve la libertad individual de placer en nombre de la igualdad de todos y su derecho al pleno disfrute de su logro personal. En este vínculo social, la realización de la persona, la auto-realización, se refiere sólo al individuo y el único límite para la realización de su placer es la regulación del mismo por el mercado: sólo lo que no es rentable al comercio está prohibido. Este tipo de funcionamiento social es similar al de, los psicóticos, los cuales creen en un fin accesible de la posesión fálica y por lo tanto la realización plena del deseo, la realización de la promesa edípica.

«Just do it “,»Tú vales mucho» son algunas de las formas de expresar esta nueva organización del mundo y los requisitos de disfrute a los que se enfrentan los adolescentes actuales. Lo que favorece entre los adolescentes las identificaciones a los pares y a las figuras fraternas. En pocas palabras, la identificación con figuras de referencias sociales son fundamentales en la adolescencia en este momento en que deben ser abandonadas las figuras tutelares de la infancia (padre y madre), es aquí donde entran en escena las figuras de los mediadores, bien mediante las figuras generaciones o fraternales.

Figuras generacionales.-

Sustitutos de figuras de la infancia – el maestro, el sabio, el líder, etc. – son figuras que implican una diferencia generacional y que inducen en el sujeto un movimiento dinámico hacia una plena realización de la felicidad futura. Este tipo de figuras identificatorias refuerza la autoridad moral del ideal del yo y la tensión hacia el futuro.

Figuras fraternales.-

Es el segundo grupo identificatorio. Los ídolos de los jóvenes, los ídolos modernos son los mejores representantes. El «hermano mayor» que encarna los cantantes modernos, el «ganador» que es el atleta de alto rendimiento, la «bomba sexual» de acuerdo con Monroe, modelos como Madonna o Brad Pitt son figuras identificatorias fraternales y no generacionales. La identificación se realiza hacia un semejante, aunque con más «éxito», que el adolescente.

Estas figuras fraternales inducen diferentes movimientos mentales y dinámicas en el sujeto. Se trata de realizar en seguida, al igual que el otro, la realización plena y total de placer, «todos a la vez» la inmediatez del placer se convierte en la norma.

El adolescente se relaciona en pares del mismo tiempo, incluso tiende a hacerse un modelo social con muchos signos clínicos de la psicopatología cotidiana del momento: mantenerse joven, gozar sin trabas, etc.

Así pues, la realización del yo adolescente consiste en dos procesos diferentes. 

El primero es el proceso simbólico que requiere la construcción de límites junto a una promesa de la autorrealización, siempre extendida en el futuro, la segunda es el proceso imaginario que ofrece una auto-realización inmediata de todos los posibles y una potencia total. Estos dos ensayos funcionan para todo el mundo y es el predominio de uno sobre el otro que depende de la construcción de la cohesión social, es la relación del sujeto con el otro y con el Otro.

El proceso simbólico se construye en comparación con los otros pares y en la internalización de los límites internos, siendo un productor de la descarga y por tanto de neurosis, porque el sujeto se encuentra en una sumisión ante el Otro. Es un modelo de relación social en el que la culpa se establece en la relación de los individuos con los demás, en una sociedad referida a figuras tutelares, el Padre para decir rápidamente. 

Al mismo tiempo el proceso imaginario, construye una relación de rivalidad con los otros, el límite está en el encuentro con el otro y no en lo interiorizado. Al mismo tiempo el Otro como referencia moral, produce en el sujeto la no represión de la sumisión a él mismo, construyéndose una especie de persecución.

Nuestra sociedad actual se inclina más hacia un proceso imaginario que hacia un proceso simbólico. La igualdad entre los individuos y la unión fraterna socava la figura del Otro que encarna los principales problemas en las sociedades tradicionales. El vínculo social liberal afirma que el éxito de los problemas es individual y que depende sólo de él, lo que tiene algunas consecuencias sobre el sujeto mismo cuando este éxito de la felicidad no está en si misma sino en lo que opinen los otros.

El primer resultado importante es que el límite, la imposibilidad de alcanzar la felicidad es experimentada no como una prohibición, la castración, sino como una impotencia imaginaria, la frustración. 

Dos posibilidades se abren para el sujeto:

O bien se atribuye esta impotencia, tomándosela sobre sí mismo y entonces se abre el camino de la desvalorización depresiva o se atribuye esta impotencia al Otro que se convierte así en un perseguidor provocando una justificada violencia contra el Otro y su entorno.

La segunda consecuencia de la dominación del juicio imaginario en la construcción subjetiva se revela en los informes de los sujetos entre ellos. El otro de la relación es vivido en este contexto como un objeto de placer y no como otro sujeto deseante.

Si tratamos de sacar las consecuencias de estos cambios en el vínculo social al convertirse en un adolescente, nos encontramos, en nuestra clínica, con una soledad extrema del sujeto en la adolescencia, el cual trata de construir un «ser adulto», en referencia a sus compañeros y a sí mismo. 

Frente a los intentos por parte de estos sujetos sufrientes por intentar encontrar una solución a su malestar existencial por cuestiones de problemas de grupo o en grupo; el grupo parece como una muestra de solución terapéutica frente a la  extrema soledad de la travesía adolescente.

El sujeto adolescente encuentra en el grupo una solución espontánea de mayor bienestar, una «cura» de su sufrimiento.  El grupo pues se va a convertir en una solución espontánea a su malestar existencial.

El fenómeno grupal, tal y como es vivido por los adolescentes, contrariamente al grupo freudiano, tiene una serie de características que se utilizan para apoyar el proceso de narcisización adolescente. En estos grupos espontáneos o comunitarios, las identificaciones fraternales son predominantes y vienen a sostener al sujeto en su narcisismo. Así los blogs, el Facebook, son para los adolescentes, que son los mayores usuarios, la creación de una comunidad de iguales en la que cada sujeto tiene que ser reconocido por los demás (número de amigos declarados en el Facebook, el número de comentarios en blogs, participación en una alianza en los juegos interactivos, etc.), lo que refuerza el narcisismo del sujeto. Pero las identidades que se crean en este tipo de comunidades se mantienen en identidades imaginarias lábiles.  Este tipo de identificación fraternal pone de relieve, en muchas ocasiones, la rivalidad con los semejantes. Las disputas entre las bandas o pandas son una de las consecuencias de estas comunidades de hermanos en la construcción adolescente.

Otra consecuencia de este funcionamiento en grupo es el predominio de sí mismo, podríamos decir una rectificación del mí en detrimento del sujeto y las apuestas deseosas. 

Frente al trabajo de desidentificación de las imagos infantiles, el soporte del yo que se encuentra en la identificación fraternal, que sostuvo por otra parte el fenómeno de los «hermanos mayores» o «jóvenes mediadores», mantiene al sujeto adolescente en la creencia siempre activa en un padre imaginario potente, lo que impide el pasaje adolescente y la simbolización necesaria de la función paterna. El grupo de la comunidad fraterna permanece así activo y también la promesa edípica y la creencia en una posible realización de la felicidad perfecta. De hecho, frente a esta creencia mantenida aunque de imposible éxito hedónico  se defiende, el adolescente, mediante la proyección de la insuficiencia de lo social. El adolescente se repliega en torno al grupo de pares el cual se convierte en un grupo de seguridad frente a los perseguidores y desagradables. Las bandas, como los grupos de clases, operan en este tipo de relación entre el grupo de pares que sostiene el narcisismo desfalleciente de los sujetos en su individualidad.

Estas comunidades de iguales, de las que hablan los numerosos medios de comunicación y la numerosa publicidad, son comunidades de hermanos “sin padre”, de grupos de iguales que se construyen a través de lazos en espejo entre los individuos y las relaciones especulares, como sabemos, siempre son mortíferas.

Esta solución espontánea, actuada por muchos adolescentes, viene en última instancia a dejar en evidencia la soledad individual de los que se entregan a ella, lo que causa el apoyo del grupo; negando la función del Otro. 

La adolescencia es el momento de la «rivalización del Nombre del Padre».

Este es un primer paso para eliminar de su lugar de referencia al poderoso padre del Edipo, el padre fálico, como escribe Freud en Tótem y tabú (Freud, 1912-1913), para hacer venir al padre simbólico. Sin embargo, para que ocurra este movimiento, es necesario que el padre del Edipo se haya construido en la psique del niño y que hubiera tomado su sitio de fiador de la Ley. Pero el vínculo social moderno descalifica a este padre potente y muchos niños son incapaces de construir un representante psíquico del mismo, una imago paterno, quedándose en la búsqueda del padre potente. Por lo tanto, la búsqueda del Maestro que se imagina que es la sustitución del padre edípico, que es característica de la adolescencia, no se puede hacer. Por lo que todo Maestro será a la vez idolatrado y rechazado.  Este privilegio concedido a los problemas imaginarios de los adolescentes, que, normalmente, pone por delante los procesos de simbolización, socava el pasaje adolescente y construye un deterioro adolescente cuyo grupo comunitario viene a saturar. El grupo comunitario apoya los procesos imaginarios y a la vez sostiene a los adolescentes dañados reforzando este daño.

2.-ADOLESCENCIA Y PSICODRAMA

Es frente a estos fenómenos que el psicodrama, en tanto que técnica de grupo que incluye la referencia al Otro, se presenta como una entrada privilegiada para trabajar con estos adolescentes en grandes problemas en su construcción psíquica debido a la organización simbólica del mundo actual.

El psicodrama, frente a estos fenómenos de grupos fraternales se vuelve particularmente operante debido a su estructura y a las apuestas de simbolización que construye para estos sujetos relacionados con un narcisismo deficiente.

El dispositivo del psicodrama de hecho se basa en una estructura de grupos de pares, cada uno es para sí mismo, en tanto que es para los demás, y en esto el adolescente se encuentra en una primera estructura de grupo que él conoce bien y en la que basó su narcisismo. Pero el psicodrama presenta una diferencia real con grupos fraternales en la presencia del animador. El animador psicodramatista incorpora al grupo una figura de autoridad que lleva consigo el orden simbólico de la diferencia generacional en la diferencia de lugares. El psicodramatista se convierte para el joven en la encarnación del Otro valorado en lo social, reviviendo así el proceso de la encarnación y la destitución de la figura del padre edípico. Esto es aún más eficaz en el dispositivo del psicodrama freudiano, por la alternancia entre los lugares de los dos psicodramatistas, el animador y el observador. Siendo cada uno de los dos terapeutas, por la alternancia en los lugares, “descompletado” como encarnación del Otro, al igual que todas las encarnaciones sociales de los mismos.  Además, los temas que preocupan a la juventud pueden ser reactivados por los sujetos por la misma implementación del dispositivo en sí.

El dispositivo psicodramático también posibilita la dinámica simbólica del intercambio del discurso en la no fijación de un lugar de dirección, en la persona de uno de los dos psicodramatista. Este fenómeno clásico de la transferencia lo conocemos por el llamado sujeto supuesto saber, tan difícil de soportar por los adolescentes en el encuadre de la cura clásica cara a cara, pero que aquí está mediada en primer lugar por la división de la dirección entre ambos psicodramatistas, y en segundo lugar en la dirección de sus compañeros, otros semejantes que componen el grupo. Este ajuste de la misma transferencia permite un alivio que se vive sin los peligros de la presencia masiva del Otro que a menudo se convierte para el adolescente el terapeuta, o en cualquier gurú que conoce y entonces el perseguidor debe ser destruido. Esta falla encarnada por la presencia de dos posiciones de lugares, los compañeros y el terapeuta o tres lugares, dos psicodramatistas y el grupo, pone en juego en el dispositivo la alta fragilidad narcisista de los adolescentes, la misma falla simbólica, impulsando así el proceso de simbolización dañado hasta entonces. 

Ahí donde el grupo de pares refuerza el juego de imaginarización y de narcisismo, el psicodrama propone oportunidades para la simbolización.

Poder simbolizar la imaginación desbordante que caracteriza a los sujetos en estos momentos.

Por último, destacar un último aspecto del psicodrama que me parece que es una herramienta valiosa para el trabajo con estos jóvenes. En el dispositivo psicodramático, tal y como nosotros lo practicamos, la puesta en escena del juego se basa en la historia de los acontecimientos de la vida del sujeto, jugamos con escenas reales, historias de escenas de la vida del sujeto y eso remarca la eficacia del juego psicodramatico, surgiendo la diferencia entre la narración de la escena, como la dijo el sujeto antes de la representación, y el juego en sí. Nuestra técnica juega sobre los lapsus del sujeto, las fallas del juego, sobre la fractura inconsciente en el marco del juego psicodramatico. Este punto me parece muy importante en el trabajo con los jóvenes atrapados en las actuales coordenadas sociales. 

Al mismo tiempo, el psicodrama, como se trata de la historia de la vida del sujeto, permite una historización de la vida de los adolescentes. Poner primero (mediante la palabra) una historia y a continuación una representación de un momento de su vida no es una repetición catártica del mismo, como lo pretendió Moreno, sino una experiencia de una historización del sujeto, la subjetividad de la escena, como siempre, en un después. En este sentido, el psicodrama es símbolo de la historia subjetiva impulsando así el proceso de simbolización por el sujeto. 

En la mayoría de los casos, después de algunas sesiones durante la cuales las escenas que se reproducen son de la vida presente, a menudo sobre las rivalidades con sus compañeros o con los adultos, las escenas traídas por los adolescentes cambian. Se empieza a hablar de temas edípicos, los cuales ocupan un lugar central, temas que hablan del impasse edípico debido a la imposibilidad de construir un padre poderoso y prohibidor.

En nuestro psicodrama el dispositivo permite reproducir este tema fundamental de la separación y de la construcción subjetiva que lleva a abordar el imaginario mediante los juegos, escenas del Otro donde todo puede representarse sin peligro y sin miedo a las represalias.

En esto, el psicodrama es, para los adolescentes dañados por causa del Otro y de nuestra sociedad moderna, una herramienta que impulsa el proceso de simbolización permitiendo soportar la violencia en el encuadre de la escena.

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